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A priori, el argumento puede parecer un tanto flojo, un grupo de amigos se reúne para disfrutar de una noche de botellón. Sin más. La peste no les acecha ni están a la puertas de la III Guerra Mundial. No sobreviven a un holocausto nuclear, no están obligados a estar ahí por alguna inextricable razón y ni siquiera esperan a Godot. No están en ninguna de esas circunstancias y, al mismo tiempo, están en todas ellas. Simplemente están en el mundo actual, un mundo aparentemente aburrido en el que no pasa nada. O al menos no pasa de un modo en el que nosotros seamos capaces de percibirlo. O quizá fue así hasta un determinado momento en el que todos empezamos a tener noticia de una prima lejana amante del riesgo...

Mi referencia fundamental en este sentido es "La regla del juego" de Jean Renoir. En esta película un grupo de aristócratas se cita en una lujosa mansión para pasar unos días de asueto en el campo realizando actividades propias de su clase. Cazan, gozan de suculentos manjares, se enamoran y desenamoran, bailan engalandos, asisten a representaciones teatrales y guiñolescas, organizan fiestas de disfraces... Todo transcurre como si se tratase de una vulgar película romántica ambientada en la alta sociedad en la que un aventurero quiere seducir a la mujer de un marqués. En cambio, durante todo el metraje uno tiene la sensación de que lo que está viendo ahí no es exactamente lo que aparece en la pantalla sino otra cosa; sórdida, gris, tempestuosa y decadente. Detrás de todo ese mundo de oropeles y lámparas de araña se esconde una tragedia, una tragedia que está por venir. La Guerra.

El propio Renoir declara:

"Desde las primeras proyecciones me veía asaltado por la duda. Es una película de guerra y, sin embargo, no aparece una sola alusión a la guerra. Bajo su apariencia benigna, la historia atacaba a la estructura misma de nuestra sociedad. Y no obstante, al principio no había querido presentar al público una obra de vanguardia, sino una peliculita normal. La gente entraba al cine con la idea de distraerse de sus preocupaciones, pero nada de eso, yo los sumergía en sus propios problemas (…). La película describía a unos personajes agradables y simpáticos, pero representaba a una sociedad en descomposición. Se reconocían a sí mismos. A la gente que se suicida no le gusta hacerlo ante testigos."

Desde luego, está lejos de mi intención compararme con uno de los más grandes maestros que haya dado la historia del cine. Si llegara a alcanzarme simplemente un apículo de su talento me daría más que por satisfecho. Con todo, la idea me parece muy sugerente y creo que es una de las claves del cine y del arte en general. Hablar de algo para decir otra cosa.

 
 
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Para hacer una película no solo es preciso contar con una buena idea y una historia sino que además es obligatorio que estos elementos se ajusten a un presupuesto que permita su realización. Consciente de mis escasas posibilidades de que alguien financiara mi primera película decidí limitar lo máximo posible las localizaciones y los tipos de iluminación por lo que opté por tratar de escribir algo que se desarrollase íntegramente en una jornada de tal modo que el presupuesto fuese lo más limitado posible. 

Hacía tiempo que venía dándole vueltas a la posiblidad de escribir un largo que tuviera lugar durante un botellón, me parecía que, además de ser un ambiente que conocía a la perfección en sus más diversas variantes, se trataba de un contexto en el que ocurren cosas, en el que, con frecuencia, la gente muestra su verdadera cara, la que no pueden enseñar durante su vida cotidiana. Aunque dicen que es un aspecto novedoso dentro de la cultura del ocio a mí particularmente me recuerda a las fiestas que organizaban los aqueos y los troyanos al término de las batallas; fiestas en la retaguardia en las que se asaban bueyes, se ofrecían hecatombes a los dioses, se bebía dulce vino en cráteras y se cantaba al dios Febo. Ayer como hoy sigue siendo el solaz del guerrero, un lugar en el que el héroe disfruta de su libertad mientras escucha al aedo narrar victorias pasadas, y eso era exactamente lo que quería contar. Una historia sobre la libertad. ¿Qué mejor lugar para contar esa historia que una dionisia? Porque, efectivamente, el teatro, como tal, surge en la Grecia Antigua durante las celebraciones ofrecidas en honor a Dionisio, el dios del vino. 

Para ellos el teatro no era lo mismo que para nosotros, no les importaba la representación literal de lo que estaba ocurriendo sino su referencia. No era preciso que los diferentes personajes aparecieran en la escena sino que se limitaban a narrar historias de muy diversa índole extraídas de las obras homéricas y de las leyendas populares. Básicamente era gente bebiendo y cantando mientras escuchaba a un actor narrar las hazañas de los héroes y los dioses. A través únicamente de su voz y del coro era capaz de cautivar a un auditorio entero con el poder de la la palabra. Es decir, el hecho de que se desarrolle en un único lugar no impide que pueda hablarse de cualquier tema. 

Una vez tuve claro esto solo tenía que encontrar una serie de historias que, contadas, fueran interesantes y se ajustaran a una narración sólida y gradual. Tenía que encontrar una serie de historias que fueran significativas de la época y el mundo en el que vivo, una serie de personajes o, más bien, de biografías y anécdotas, que ejemplificasen el sentir de un tiempo que creo que se caracteriza fundamentalmente por estar ubicado en una brecha de la historia que amenaza con engullir todos aquellos ideales por los que lucharon nuestros padres y abuelos.

 
 
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Quizá las dos únicas cosas que son absolutamente indispensables para hacer una película sean el guión y la cámara. Puedes ponerte a grabar algo por azar pero las imágenes que captures no tendrán sentido hasta que no haya un guión detrás, es decir, no formarán parte de una historia que permita engarzarlas de un modo coherente. Puede estar antes o después, escrito o solo pensado, de una línea o de 200 folios, pero tiene que existir. No estoy de acuerdo, sin embargo, con aquellos que consideran que solo existe una única forma de escribir guiones. Del mismo modo en que no existe un solo tipo de cámara tampoco existe un único modelo de guión. En el cine, como en cualquier otra disciplina artística, no existen normas y, en caso de que alguien trate de imponerlas, solo tienen sentido como objeto de transgresión (no por manida esta sentencia resulta menos cierta).

El guión surge de una idea, es así, no existe otro modo, existen diferentes técnicas y rudimentos pero lo esencial es la aparición de una idea fuerza. La habilidad para desarrollarla es una extraña combinación de oficio, talento y perseverancia, no obstante de la idea en sí desconocemos prácticamente todo. Según Platón, su adquisición consiste meramente recordar. A mí, pese a lo rocambolesca que pueda parecer a priori, me parece la explicación más convincente de su origen. De pronto, poseídos por Mnemósine, vemos algo y pensamos que eso tiene que ver con otra cosa que ya hemos visto, vemos otra que se parece y después vemos que esas dos cosas juntas forman parte de una misma y pequeña historia, llenamos esa historia de personajes que se parecen a personas que nos recuerdan a ellas o viceversa; esos personajes, a su vez, comportan más ideas y más historias y así sucesivamente. Cuando te quieres dar cuenta las impresiones verdaderas, las de tu entorno más inmediato, empalidecen frente a ese mundo ficticio que brota en tu interior y caes de bruces en el ingrato y pesaroso proceso de la escritura. Inicias un camino que no sabes muy bien adónde te va a llevar pero que no puedes dejar de seguir, los diferentes personajes que han sido engrendrados cobran vida propia y empiezan a acometer sus acciones por sí mismos, sin consulta previa. Van adquiriendo anhelos, complejos, relaciones y frustraciones y tú no tienes más que anotar lo que te susurran al oído en las noches de insomnio tratando de encauzarlos en un relato más o menos cohesionado. 

No obstante, me es imposible determinar exactamente cuál es el primer recuerdo, o la primera idea, de esta historia. Probablemente nació sin que me diera cuenta durante un botellón, bajo el calor del licor barato en algún acostumbrado cuchitril de mala muerte. Quizá la embriaguez me hizo soñar esta historia mucho antes de ser escrita. Las personas que había a mi alrededor se convirtieron de súbito en Arturo, Leo, Clara, Juan y Bea y yo leí en aquellas visiones la escaleta mucho antes de que me pusiera frente a la pantalla en blanco. Quizá fue aquella noche en la que dormí en la calle cual mendigo o esa otra en la que creí tener la capacidad de ordenar el mundo en base a la sucesión de Fibonacci. En cierto modo, todos los personajes son una especie de emanación de mí y de las experiencias que he vivido y, al mismo tiempo, me son por completos ajenos.