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Para mí, la parte más importante y al mismo tiempo más divertida de hacer una película es el trabajo con los actores. Pese a que lo largo del proceso de preproducción uno va atando cabos acerca de cómo quiere plasmar el guión en imágenes, no es hasta que se conoce a los intérpretes que van a encanar a los diferentes personajes cuando éstas comienzan a mostrarse de un modo cuasi definitivo.

Hasta entonces, en verdad, todo han sido castillos en el aire, locos ensueños, monólogos demasiado esquizofrénicos en las noches de insomnio. Sin embargo, en el momento en el que conoces a quien está destinado a ser por unas horas con la única voluntad de representar esa historia, todo encaja de inmediato.

Encaja sí, pero, al menos en mi caso, de un modo libre, desordenado y muchas veces hasta improvisado porque, pese a que pienso y repienso cada secuencia con un afán muchas veces neurótico después de escribir el guión, lo mágico del cine es que nada está cerrado hasta que no se da el corten y, más aún, hasta que no se editan finalmente los planos.

En realidad, en este cásting concreto, ni siquiera buscaba actores sino más bien personas. Personas que por su energía, por sus vivencias, o por la ausencia de tales, se asemejaran a los personajes o fueran capaces de identificarse con ellos hasta el extremo de hacerlos suyos, de explicarlos con sus propias palabras, de ampliar su biografía secreta con la suya propia, de confundirse en ellos y también, por extensión, de modificarlos, de enriquecerlos, de presentarse ante el público sin miedo de ser ellos mismos tratando de ser otro.

Tanto en los ensayos como en el rodaje siempre invité a todos ellos a improvisar, a moverse por el escenario, a plantear diversas maneras de enfrentarse a las escenas e incluso a crear otras nuevas o nuevos matices dentro de las mismas. Esto es así porque no siento ningún respeto por mí mismo ni tampoco por mi obra y, cuando digo esto, puede sonar a falsa modestia pero no lo es en absoluto, es un principio. No me importa que mi actor se cargue justamente esa frase que había tardado en escribir tres horas porque esa frase ya no es mía sino de él (bueno, a veces sí que me importa pero no tengo más remedio que aguantarme…).

Por suerte, en esta película, en mi primer largo, tuve el privilegio de contar con profesionales entregados que no tenían prisa por saber qué es lo que quería ni miedo a indagar dentro de sí para hallar precisamente eso que les hace únicos y que tiene que hacer también únicos a “mis personajes”, que  ahora ya no son míos, ni suyos, solo del público.


Muchas gracias Alberto, Naim, Paula, Natalia, Enrique y Javier por haberos sentido libres (o eso espero…).

 
 
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A menudo se escuchaba en la calle hablar mal del cine español, tenía mala fama. Se le acusaba de nutrirse de subvenciones y de no aportar más que sectarismo al debate público. Se le acusaba de servir fielmente al poder establecido, incluso se motejaba a sus cabezas visibles con expresiones tales como “titiriteros”.

No negaré que, en ciertos casos, se le inculpaba con parte de razón. Frente a grandes maestros de la talla de Bardem o Berlanga, la industria cinematográfica española se movía fundamentalmente por los intereses ideológicos y sin más criterio que el amiguismo y la sinecura. Para el régimen fascista no podía tener más objeto que la evasión de un público amordazado y silenciado. Para los diferentes partidos políticos, ora había que hacer cine comercial, ora había que hacer cine de autor; ora había que darle al primo del subsecretario, mañana al sobrino del concejal.

Tanto para el nacional-catolicismo como para el régimen que surgió tras la transición, el cine siempre fue una industria relacionada con las estrategias del Estado, no con el Estado en sí; un Estado transparente, verdaderamente democrático, participativo y dimensionado correctamente; sino con las diferentes tácticas partidistas y las corruptelas varias que salpican nuestra historia reciente.

El público, esa gente que no solo hablaba mal del cine español sino que ni siquiera acudía a las salas, suponía que el hecho de aceptar dinero de todos para realizar películas condicionaba la naturaleza de las películas que se hacían. Todo el mundo creía que para obtener una subvención era más importante ser allegado al ministro de turno que demostrar auténtico talento.

Por suerte, la situación está cambiando. El público ya no desconfía del cine español ni deja de acudir a las salas, ya no hay cine español que ver. Los recortes que afectan directamente a la industria cultural han provocado que la producción de películas durante este año se haya reducido drásticamente, la subida del IVA hace impagable una entrada que puedes descargarte por internet, así que ya nadie puede quejarse de que tal o cual película ofende su ánimo liberal.

El gobierno de Rajoy ha cerrado “el grifo de las subvenciones”, como buena parte del público le pedía, ha desterrado a los “titiriteros” de la ciudad. Y lo ha hecho para siempre.

Cierto es que una política de subvenciones mal gestionada, tan mal gestionada como la situación financiera, la administración territorial o la educación, es una lacra para la industria cinematográfica, pero no es menos cierto que no se puede desincentivar la producción radicalmente y clausurar un modelo de “negocio” que se ha mantenido vigente durante los últimos 60 años sin proponer ninguna alternativa. O sí. ¿Qué fue de la ley de mecenazgo?