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Con la llegada de la revolución digital, el acceso a las herramientas creativas audiovisuales sufrió una verdadera transformación: cada vez los costes para dar a luz a un proyecto eran más asequibles en teoría, y puntualizamos en teoría por el hecho de que las grandes superproducciones han alcanzado cotas insospechadas en otros tiempos (un presupuesto de cien millones de dólares es algo que pocos, casi ninguno, imaginaban cuando empezaban los éxitos comerciales de los ’70). Pero con un pero, como todo en esta vida, y es que el cine seguía siendo tan caro que a fecha de hoy, ha dejado de “fabricarse”. Sí, señores y señoras, si ustedes no se habían dado por enterados, se lo anunciamos: el CINE ha muerto. Lo que se conoce como cine, si somos puristas, son aquellas grabaciones realizadas en celuloide, con los consiguientes procesos químicos; y esto ha dejado de realizarse en los laboratorios. Y así, muchos profesionales del sector, han contemplado este avance del bit, la apertura de puertas a un ratio laboral más amplio, y el nacimiento del “low-cost”, como intrusismo peligroso en sus trabajos, como reflejaba un artículo de opinión que se podía leer hace unos meses en un blog del periódico El País.

El fenómeno Low-cost, algo que ha ido de la mano de este avance, ha posibilitado la creación de obras que de otra manera, nunca hubieran podido ver la luz. ¿Y realmente es esto un agravio para la profesión? ¿La expansión, en todas sus formas, de la cultura puede suponer un declive para el sector? Este debate es largo y extenso, con muchos matices, pero hay una realidad, y es que pese a quien le pese, los grandes presupuestos no garantizan calidad ni éxito, al igual que los presupuestos ajustados han dado pequeñas joyas muy de agradecer por los espectadores, que aunque en menor número, han podido deleitarse en los circuitos minoritarios.

De sueños y dinero escaso entiende Rafael Hernández de Dios. Con muchas ganas de contar historias y muchos papeles garabateados, este director y guionista decidió enfrentarse a su mayor proyecto hasta la fecha: parir su ópera prima, “Más allá de la Noche”, con un reparto de actores reducido y una sola localización. Un auténtico reto y una locura, como pensaría mucha gente en estos tiempos de declive en todos los aspectos, que se ceban con las nuevas generaciones, con una visión de futuro oscura cuanto menos y con un sentimiento de desorientación y pérdida cada día más creciente.

“No creo que mi película trate de una generación perdida, sino de una generación olvidada. La de los jóvenes de entre veinte y treinta y pico años que hemos terminado nuestros estudios superiores y que nos vemos en una situación en la que muchas veces no hay salida, en la que no hay futuro ni ilusión, y en la que a nivel político y económico estamos sufriendo una serie de cambios que nadie esperaba. En cualquier caso, no se trata de una especie de documental sino que intenta de ser más bien un fresco en el que se representan diversos tipos de personas que habitan la sociedad actual”.

Rafael pertenece a esa generación olvidada que ha querido retratar: aún en la veintena, acaba de licenciarse también en Filosofía, y es lógico pensar que pudo partir de su propia experiencia para contar la historia de este grupo de amigos en una pequeña casa, entre alcohol y drogas, una noche en el barrio de Malasaña, conocido sobre todo por ser núcleo de la famosa movida madrileña. Aún a día de hoy, es punto de encuentro de diversas culturas y sitio predilecto para pequeños emprendedores creativos, con sus tiendas en un entorno de calles y plazas con mucha vida.

“Más que autobiográfico, tiene contenido biográfico. Los personajes tienen rasgos o características de personas y ambientes que he conocido bien.  Cuando escribo trato de hacerlo acerca de cosas que conozco y sin partir de ninguna idea preconcebida. Mi objetivo es hacerlo de tal manera que cualquier espectador pueda pasar ochenta minutos entretenidos. Porque para mí el cine tiene que servir principalmente para que la gente se entretenga, lo que no es óbice para que luego puedan pensar sobre ello ”.

 
 
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Jamás en mi vida me había visto en esa tesitura y desde luego ni era cómoda ni estaba planificada y, sin embargo, era real. ¿Cómo algo que era real podía estar tan lejos de mis expectativas? ¿Podía seguir deseando algo tan improbable? ¿Realmente todo esto de la película no había sido un acto de fe desde el principio sin que yo me diera cuenta?

En momentos así, que podíamos calificar como de crisis existencial, de una crisis vivida y no solo planteada, pues no se trataba solo de si las cosas son así o de otro modo, sino de que realmente no tenemos la menor idea acerca de cómo son. ¿Qué puedes hacer?

Tras unos meses sin recibir noticias de ninguna productora y después de haber gastado tanto tiempo en escribir y en patear las calles de la ciudad y las estafetas de correos poco a poco me fui olvidando de hacerla. Los personajes se fueron disipando, alejándose de mis noches de insomnio, los rezos cada vez eran más tenues y cada vez pensaba más que los hados, en esta ocasión, no estaban conmigo. Sin llegar al extremo de renunciar a hacer cine alguna vez, sí llegué en muchas ocasiones a renunciar a Más allá de la Noche como quien renuncia a un amor imposible; pensando demasiado en tratar de no pensar en él, apareciéndose en tu mente cuando menos te lo esperas, ruborizando tu rostro en su comentario y empapando tus ojos de una contenida emoción….

Pero, como ocurre en todas las películas, cuando parece que todo está perdido, cuando crees que van a rebanarle el cuello de una vez al héroe (pese a que ha rozado con su arma el punto débil de su enemigo), su compañero de fatigas, su fiel ayudante y amigo acude al rescate y se carga por la espalda al malo, porque no estaba realmente muerto en el plano anterior.

Así que, una noche de mayo, mientras veía una película de Frank Capra divertidísima y actualísima, pese a ser de 1938, titulada "¡Vive cómo quieras!" que trata sobre una familia de genios a lo Tenembaum a la que el banco quiere desahuciar en una Nueva York a la que la Gran Depresión ha empujado a caer en manos de los lobbys y los fondos de inversión, mi madre me dijo que “¡los chicos del piso de Madrid se habían ido y que podía rodar la película!”.

 
 
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Otro de los aspectos a tener en cuenta a la hora de hacer una película son las localizaciones, es decir, el lugar en el que vas a rodar. La ventaja de la literatura con respecto al cine en este sentido es enorme. Un escritor puede plantear en su imaginación cualquier clase de escenario, desde el espacio intergaláctico hasta la más honda llanura abisal, sin tener que desembolsar ni un céntimo mientras que, en el caso de una producción cinematográfica, cuanto mayor sea el número y la complejidad de las localizaciones, mayor es el presupuesto.

Por este motivo, de antemano, había decidido escribir algo que requiriera únicamente de una localización lo más sencilla posible, cualquier piso (a ser posible un ático con grandes ventanales y no un interior…), o quizá un chalet con piscina y terraza (hubiera sido genial…), me valía. De ese modo, al no necesitar de una gran inversión -pensaba erróneamente- las productoras quizá se interesasen más por el proyecto o, como así fue, podría al menos auto-producirlo.

Ahora bien, una vez me vi en la situación de que ninguna productora se puso en contacto conmigo, exceptuando a Ovideo, que fue la única de las principales productoras españolas que al menos tuvo la cortesía de enviarme un e-mail informándome de que habían rechazado el proyecto, ¿de dónde iba a sacar para alquilar un piso o un chalet durante mínimo un mes con apenas 4.000 euros de presupuesto total?

Bien mirado, era imposible, y no podía echar a mis padres de casa y aunque alguna amistad generosamente me ofreció su vivienda, sabíamos que la cosa no funcionaría. Necesitaba un piso, a ser posible en el centro de una gran ciudad para que los actores y el equipo no tuvieran problemas en sus desplazamientos hasta el set que acarreasen mayores gastos o imprevistos, y que además fuera gratis. Es decir, bien mirado, tenía que dejar atrás el proyecto…

Porque era imposible, sí, a no ser que... podría recurrir a ese piso de la calle Carranza de Madrid, al lado de la Glorieta de Bilbao, en pleno barrio de Malasaña, donde transcurrió gran parte de mi “trabajo de campo” para esta película. Solo había un problema, estaba alquilada por una pareja y nada hacía presagiar que tuvieran la intención de romper su contrato, el cual había sido renovado recientemente por dos años más… Daba igual, definitivamente era imposible o, en cualquier caso, su posibilidad o imposibilidad no dependía de mí sino de circunstancias completamente ajenas tanto a mí como al cine.

Así es que, de pronto, la película se convirtió simplemente en un acto de fe. Solo una casualidad que hiciera que los señores que vivían en aquel piso se marcharan me permitiría cumplir mi sueño. ¡Tanto trabajo, tanto cálculo, tanto guión y tanto dossier para terminar rezando!