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La parte que peor llevo de hacer cine es la distribución, me produce una profunda sensación de pesantez y aburrimiento. El mantenimiento de las redes sociales, la página web, el envío a los festivales, los contactos, el e-mail… Cuando uno piensa en dedicarse al cine no piensa en tablas de excel, tediosos formularios, archivos srt o número de seguidores en Twitter. Cuando uno piensa en dedicarse al cine piensa en ideas brillantes, tramas interesantes, actores reconocidos, imágenes bellas y alfombras rojas.

Supongo que para algunos el cine será solamente lo segundo, lo que todos pensamos y anhelamos. Una divertida y lucrativa profesión en la que su objeto es dar forma a tu propia capacidad de expresarse delante y/o detrás de una cámara. Otros, sin embargo, cada año que comienza tenemos que proponernos que nuestro trabajo simplemente sea visto, llegue al público y complete su sentido, pues una película carece del mismo si nadie la ve.

Así que cada año es lo mismo, conseguir tiempo para “mover la película”, escribir a blogs de cine, buscar festivales sin tasas (o ahorrar para pagarlas), tratar de contactar con gente del mundillo que pueda echarnos una mano, encontrar una distribuidora de verdad, hablar con asociaciones culturales en las que se pueda exhibir la película, ofrecer contenidos online, mejorar el posicionamiento SEO… En definitiva, nada que ver con el cine tal y como se entiende habitualmente. Mucho más parecido, eso sí, a mi trabajo diario de oficina -el cual consume la mayor parte de mi tiempo-.

La paradoja podría resumirse del siguiente modo: si me paso el día trabajando en una oficina y cuando llego a casa tengo que hacer más trabajo de oficina para mover la película, ¿cuándo voy a escribir otra? Ahora bien, si no muevo esta, ¿cómo voy a hacer otra?

Supongo que en algún punto del camino hay que dejar de pensar el cine únicamente como una vocación, e incluso como una mera vía de escape, para pasar a considerarlo al mismo tiempo como una profesión. A no ser que no queramos dedicarnos a esto más que como un hobby, sin expectativas, o con unas expectativas remotas. O de que no nos veamos en la necesidad de ayuda para financiar el proyecto en cuestión.

En cualquier caso, mi propósito para este 2015, como cada año, es ser mucho más profesional en lo que respecta a la película y al cine en general, trabajar duro para conseguir que la mayor cantidad de espectadores posibles tengan acceso a ella, ya sea para criticarla o para aplaudirla.

¿Me ayudáis a hacerlo? Si conocéis a alguien relacionado con el mundillo o sabéis de algún lugar en el que pensáis que pueda proyectarse, ya sea un bar, una asociación cultural o una reunión con bastantes amigos, ¡no dudéis en poneros en contacto con nosotros!

 
 
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Dedicarse a cualquier tipo de actividad relacionada con el mundo de la creación artística, salvo contadas excepciones, implica un nivel de sacrificio y hasta diría de pertinacia que probablemente no se dé en ningún otro ámbito de las actividades humanas, exceptuando quizá al amor más loco y apasionado que pueda imaginarse.

 Normalmente esperan de nosotros como personas que “sirvamos para algo”, que seamos “productivos”, que utilicemos nuestra vida para producir cosas “útiles” que sirvan a los demás para satisfacer sus necesidades. Al menos así es como piensa la mayor parte de la gente, al menos de la gente que yo conozco que no está  directamente ligada al mundo de la cultura y el arte.

Tendemos a pensar según una escala de valores (heredera de una serie de conceptos del trabajo y la virtud en los que no voy a entrar en este post) que nos enseña que nuestra misión en la vida es ser “útiles”. Esto es: ser las piezas que engranan esa descomunal maquinaria social en la que vivimos y en la que tenemos que estar organizados para generar cada vez mayor abundancia; siendo la única manera de organizar las piezas organizar nuestras ideas.

Nuestros padres, nuestros amigos, algunas de nuestras parejas e incluso la televisión, la iglesia y las pop-ups nos incitan a abandonar nuestras pretensiones de dedicarnos a algo tan inútil como el cine -en mi caso- porque no produce inmediatamente ningún tipo de beneficio, es decir, ningún tipo de satisfacción a una necesidad colectiva concreta.  

¿Por qué crees que tu opinión es útil? ¡Si haces cine, al menos, que sea una comedia entretenida! Nadie quiere pensar cuando va al cine, el objetivo es divertirse, divertirse es útil. ¿Pensar? ¿Cuándo ha sido útil pensar?

¿Se puede realmente pensar y ser útil? La respuesta o las respuestas desde luego no son sencillas, pero lo que resulta obvio es que el cine, máxime si se trata de una obra personal,  no genera inmediatamente una mayor abundancia, sobre todo si consideramos abundancia en su sentido habitual de sinónimo de dinero.

Las historias sobre grandes artistas arruinados en su juventud, muertos prematuramente en condiciones desgraciadas y de algunos de esos anónimos hombros de gigantes que han mantenido encendida la llama de la cultura pese a haber ardido en ella son numerosas y conocidas por todo el mundo. Sin embargo, no se conoce ninguna familia burguesa todavía que haya elegido que sus hijos sean actores o músicos en lugar de abogados o arquitectos; nunca nadie diría que los libros de medicina son inútiles comparados con los libros de magia.

El arte, a diferencia de la mayor parte de las cosas de la existencia, no quiere servir para nada. El arte, tal y como yo lo veo, solo sirve para sí mismo, es decir, para ser lo mejor posible comparado únicamente con un ideal, con un imposible.
   
A diferencia de la política, el arte permite al hombre construir verdaderamente un mundo, un mundo en que las necesidades cotidianas se pliegan ante una idea, ante un sentido, ante una mirada determinada sobre la realidad. Una idea, un sentido y una mirada que a priori no tiene por qué interesar a nadie pero que el artista -si lo es realmente- siente la irremisible necesidad de mostrar, muchas veces poniendo por delante este ideal sobre la satisfacción de las necesidades inmediatas, tales como trabajar para alimentarse y cambiar de iphone. Y, por supuesto, poniéndolo por encima de la opinión de la mayoría, que no entiende que alguien pueda padecer la extremada locura de querer representar algo que no existe más que en su imaginación.

El artista necesita comer pero, a diferencia también del común de los mortales, un ansia más elevada guía sus actos: su necesidad de mostrar algo que está más allá de los límites de lo evidente y de tratar de encontrar, indagando en ellos, algo que sea todavía más real y también más necesario, algo que, de algún modo oscuro y misterioso, explique los motivos por los cuales ese mundo que imagina no concuerda con este mundo aparente en el que nos movemos a diario.

En definitiva, el arte solo sirve para crear nuevos mundos que, quizá, ¿quién sabe?, inspiren uno nuevo... Y eso, ¿a quién le interesa?

 
 
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A priori, el argumento puede parecer un tanto flojo, un grupo de amigos se reúne para disfrutar de una noche de botellón. Sin más. La peste no les acecha ni están a la puertas de la III Guerra Mundial. No sobreviven a un holocausto nuclear, no están obligados a estar ahí por alguna inextricable razón y ni siquiera esperan a Godot. No están en ninguna de esas circunstancias y, al mismo tiempo, están en todas ellas. Simplemente están en el mundo actual, un mundo aparentemente aburrido en el que no pasa nada. O al menos no pasa de un modo en el que nosotros seamos capaces de percibirlo. O quizá fue así hasta un determinado momento en el que todos empezamos a tener noticia de una prima lejana amante del riesgo...

Mi referencia fundamental en este sentido es "La regla del juego" de Jean Renoir. En esta película un grupo de aristócratas se cita en una lujosa mansión para pasar unos días de asueto en el campo realizando actividades propias de su clase. Cazan, gozan de suculentos manjares, se enamoran y desenamoran, bailan engalandos, asisten a representaciones teatrales y guiñolescas, organizan fiestas de disfraces... Todo transcurre como si se tratase de una vulgar película romántica ambientada en la alta sociedad en la que un aventurero quiere seducir a la mujer de un marqués. En cambio, durante todo el metraje uno tiene la sensación de que lo que está viendo ahí no es exactamente lo que aparece en la pantalla sino otra cosa; sórdida, gris, tempestuosa y decadente. Detrás de todo ese mundo de oropeles y lámparas de araña se esconde una tragedia, una tragedia que está por venir. La Guerra.

El propio Renoir declara:

"Desde las primeras proyecciones me veía asaltado por la duda. Es una película de guerra y, sin embargo, no aparece una sola alusión a la guerra. Bajo su apariencia benigna, la historia atacaba a la estructura misma de nuestra sociedad. Y no obstante, al principio no había querido presentar al público una obra de vanguardia, sino una peliculita normal. La gente entraba al cine con la idea de distraerse de sus preocupaciones, pero nada de eso, yo los sumergía en sus propios problemas (…). La película describía a unos personajes agradables y simpáticos, pero representaba a una sociedad en descomposición. Se reconocían a sí mismos. A la gente que se suicida no le gusta hacerlo ante testigos."

Desde luego, está lejos de mi intención compararme con uno de los más grandes maestros que haya dado la historia del cine. Si llegara a alcanzarme simplemente un apículo de su talento me daría más que por satisfecho. Con todo, la idea me parece muy sugerente y creo que es una de las claves del cine y del arte en general. Hablar de algo para decir otra cosa.