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El mundo de la cultura se divide fundamentalmente en dos tipos de personas: los que están en la mierda y los que no. La mayoría de la gente que no está en la mierda ha tenido que hacer un gran esfuerzo para salir de ella y los hay que nada más alzar la vista un poco sobre el légamo, con la nariz todavía tapada y apestando a cloaca, se creen superiores a los demás y lo demuestran con aires de prepotencia y soberbia. Los hay también, dentro de los que están en ella, muchos que miran a los de arriba con envidia y despecho, culpando a quienes asoman la cabeza de su escaso éxito, minusvalorando sus méritos e inventando toda clase de estrafalarias hipótesis acerca del origen de la fama y la fortuna que siempre les sirve como coartada para la autocompasión y muchas veces para la indisciplina.

Esto lo sé muy bien porque yo he pertenecido durante mucho tiempo al segundo grupo. En lugar de trabajar, de intentar que la gente viera mi obra y reconociera la valía de lo que hacía, dejaba los proyectos guardados en el cajón y me quejaba amargamente de que el cine y la cultura española se parecían a un pesebre en el que siempre se alimentan los mismos. Pretendía ser un gran creador pero ni siquiera demostraba la suficiente convicción como para luchar porque los proyectos en los que me involucraba llegasen al público. No mostraba mi obra por miedo y desconfianza, sin embargo cuando veía que alguien de mi entorno, con un talento, a mi modo de ver, parejo al mío, comenzaba a despuntar, yo pensaba: “¿Por qué él y no yo?” “Seguro que tiene algún enchufe o mucho dinero”.

Es decir, mientras esperaba a que alguien viniese a mi casa y me diera un Oscar al mejor guión manuscrito me permitía el lujo de difamar, aunque fuera solo de pensamiento, a quienes conseguían hacer algo en cualquier ámbito. No era un troll, ni tampoco un histérico obsesionado y atormentado, pero algo dentro de mí se removía cuando tenía noticia del triunfo de los demás. Fuera grande o pequeño, me daba igual, la cuestión es que yo seguía hasta el cuello de mierda mientras ellos parecían ascender entre la inmundicia. Una parte de mí consideraba eso como algo injusto, si bien, evidentemente, no era más que el resultado de una conducta pusilánime y autodestructiva, propia de alguien que ha caído de bruces en un albañal y no sabe cómo salir de él.

Porque no es fácil salir de la mierda, conozco a mucha gente de infinito talento metida en ella hasta el fondo que no encuentra escapatoria. Todo está oscuro, el olor se antoja irrespirable y sueles encontrar peligrosas excusas para justificar todas las batallas que no has dado. Cuando estás allí abajo apenas eres capaz de diferenciar tus propias excrecencias de las que desprenden resto de los reclusos en la sentina, los cuales, cuando han dejado de pensar mal de los que adivinan arriba se dedican a pensar mal de ti y tú de ellos, porque en la mierda solo hay rivales y no hermanos, que es lo que deberíamos ser todos los tarados que nos dedicamos a estas cosas.

Así que ahora que parece que clarea un poco, que parece que el camión de la basura ha dejado de vertir bazofia sobre mis ilusiones, que Más allá de la Noche poco a poco comienza a descollar, no quiero convertirme en uno de esos ejemplos del primer grupo, de esos que a poco que destacan se vuelven engreídos y vanidosos porque han pasado tanto tiempo en la mierda que se creen que las cosas buenas pasan solo gracias a él y las malas solo por culpa de los demás.

Por eso, ahora, ahora que hemos logrado nuestra 5ª selección oficial en un festival (el Andoenredando de Murcia), ahora que hemos conseguido poner la película en el centro de Madrid y que tenemos previstas un montón de proyecciones por toda España, ahora que hemos aparecido en diversos medios de comunicación, ahora que parece que la cosa por fin marcha, quiero acordarme de toda la gente que ha hecho posible que, poco a poco, vayamos saliendo del fango:

De mi familia y amigos que, en el fondo, siempre han creído en mí aunque ni yo mismo lo demostrara. De todo el equipo técnico que participó tanto en esta película como en todos mis cortometrajes anteriores. De todos los actores con los que he trabajado a lo largo de mi carrera y no solo de los de Más allá, también de esos cuyos trabajos no tuvieron ninguna repercusión por mi culpa y no porque no fueran buenos. De nuestros seguidores en las redes sociales que son, sin duda, los más fieles y leales. De todos los blogs y medios que se han interesado últimamente por la película. De todas las críticas y entrevistas que estamos recibiendo tanto de de gente que sin conocerme de nada como Pedro Ortega (FilmArte), Óscar Tur Asensio (El blog del cine español), Iván Ginés (Damn Fine Cinema), Óscar Quiroga (LGE cine) o  Xavier Vidal (Cachecine) o Ramón Morales (El blog de cine de Ramón) han sentido curiosidad por Más allá de la Noche. También de la gente a la que sí conocía como mi amigo Juan Gómez Bárcena (Culturamas), el cual, además siempre me ha tratado de enseñar a desenvolverme en el lodo con clase y elegancia, sin buscarle tres pies al gato, dedicándome solo a trabajar y trabajar, y que tiene mucha culpa de lo que pienso y expongo en este artículo. De los programadores de los festivales y salas alternativas que apuestan por la película.  Y, muy especialmente, de una persona decisiva en todo este proceso, mi amiga y compañera Raquel Polo que, además de tener las mejores bases de datos de festivales y medios de comunicación de Madrid, me enseñó con su corto, "Asesinos, ¿dígame?", que existía una manera de triunfar en el mundo del cine: ser constante, tenaz y dejarte la piel, que tan importante es tener un buen producto como dedicarle horas y horas a moverlo, y sin quien nada de esto sería posible.

¡Gracias a todos!