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Después de más de cuatro años trabajando en este prolongado arrebato de locura que ha sido “Más allá de la Noche” parece que durante este 2015 por fin hemos logrado cosechar nuestros primeros éxitos, al menos en lo que a reconocimiento y crítica se refiere. Con la primavera llegó el primer artículo de prensa del año, el que nos dedicó Óscar Tur Asensio en el “Blog del cine español”, el día 16 de Marzo -fecha además del cumpleaños de mi padre y de la llegada de las golondrinas, por lo que no lo olvidaré nunca-. Después, un aluvión de críticas - la mayor parte, por fortuna, positivas-, y de comentario de la prensa cuyos highlights fueron la aparición en un periódico de tirada nacional como El Mundo de un artículo dedicado a la película y la realización de mi primera entrevista para la televisión en Noticias Cuatro. Por si fuera poco, desde el verano, las selecciones en festivales pasaron de ser tan solo dos a las siete que actualmente laurean nuestro cartel y sirven, espero, para avalar nuestro trabajo de cara a la distribución, la cual se tiene que llevar a cabo sí o sí en 2016. Además, tuvimos la ocasión de proyectar y charlar con el público, el cual ha solido mostrarse muy receptivo e interesado tanto en la película como en la aventura de su realización, en lugares tan emblemáticos de Madrid como son “El Matadero”, “El Campo de Cebada”, “La Tabacalera” y el “Artistic Metropol”. ¿Se puede pedir algo más?

Desde luego que se puede pedir algo más, se podría pedir haber encontrado ya distribuidora, alguna forma de recuperar la inversión tanto económica como personal que mucha gente ha puesto en este proyecto. Se podría haber salido en muchos más medios, en TVE, El País, o Antena 3, ser el partido emergente del cine español. Se podría pedir que la película hubiese ido a festivales de esos que tienen alfombra roja y a los que asisten las grandes estrellas del panorama internacional, haber paladeado o, acaso olisqueado, un poco de ese glamour que rezuman las galas que tienen como protagonista al séptimo arte. Se podría haber, en definitiva, asaltado los cielos pero, como diría Perogrullo, por pedir se puede pedir lo que sea, otra cosa es lo que hay… Y lo que hay la verdad es que está muy bien, sobre todo teniendo en cuenta de dónde veníamos; del ostracismo más absoluto, de la más displicente de las insignificancias, de los subterráneos del subsuelo de los bajos fondos del maltrecho cine español, de un piso, 4.000 euros y 80 páginas escritas que todavía no decían nada.

Fue muy duro, tuvimos que esperar mucho tiempo, desesperarnos muchas veces, hubo tempestades, bajas, deserciones, reconciliaciones, fuego enemigo y hasta fuego cruzado. Nos caímos y volvimos a levantarnos, y al final nos dimos cuenta de una cosa, quizá de la más importante verdad de Perogrullo, de que solo andando se hace camino. Por eso creo que este 2015 ha sido un gran año, el mejor año de Más allá de la Noche, el año de la remontada, de volver a soñar después de estar mucho tiempo dormidos, sin embargo -estoy convencido de ello-, este año no va a ser nada comparado con 2016.



 
 
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El mundo de la cultura se divide fundamentalmente en dos tipos de personas: los que están en la mierda y los que no. La mayoría de la gente que no está en la mierda ha tenido que hacer un gran esfuerzo para salir de ella y los hay que nada más alzar la vista un poco sobre el légamo, con la nariz todavía tapada y apestando a cloaca, se creen superiores a los demás y lo demuestran con aires de prepotencia y soberbia. Los hay también, dentro de los que están en ella, muchos que miran a los de arriba con envidia y despecho, culpando a quienes asoman la cabeza de su escaso éxito, minusvalorando sus méritos e inventando toda clase de estrafalarias hipótesis acerca del origen de la fama y la fortuna que siempre les sirve como coartada para la autocompasión y muchas veces para la indisciplina.

Esto lo sé muy bien porque yo he pertenecido durante mucho tiempo al segundo grupo. En lugar de trabajar, de intentar que la gente viera mi obra y reconociera la valía de lo que hacía, dejaba los proyectos guardados en el cajón y me quejaba amargamente de que el cine y la cultura española se parecían a un pesebre en el que siempre se alimentan los mismos. Pretendía ser un gran creador pero ni siquiera demostraba la suficiente convicción como para luchar porque los proyectos en los que me involucraba llegasen al público. No mostraba mi obra por miedo y desconfianza, sin embargo cuando veía que alguien de mi entorno, con un talento, a mi modo de ver, parejo al mío, comenzaba a despuntar, yo pensaba: “¿Por qué él y no yo?” “Seguro que tiene algún enchufe o mucho dinero”.

Es decir, mientras esperaba a que alguien viniese a mi casa y me diera un Oscar al mejor guión manuscrito me permitía el lujo de difamar, aunque fuera solo de pensamiento, a quienes conseguían hacer algo en cualquier ámbito. No era un troll, ni tampoco un histérico obsesionado y atormentado, pero algo dentro de mí se removía cuando tenía noticia del triunfo de los demás. Fuera grande o pequeño, me daba igual, la cuestión es que yo seguía hasta el cuello de mierda mientras ellos parecían ascender entre la inmundicia. Una parte de mí consideraba eso como algo injusto, si bien, evidentemente, no era más que el resultado de una conducta pusilánime y autodestructiva, propia de alguien que ha caído de bruces en un albañal y no sabe cómo salir de él.

Porque no es fácil salir de la mierda, conozco a mucha gente de infinito talento metida en ella hasta el fondo que no encuentra escapatoria. Todo está oscuro, el olor se antoja irrespirable y sueles encontrar peligrosas excusas para justificar todas las batallas que no has dado. Cuando estás allí abajo apenas eres capaz de diferenciar tus propias excrecencias de las que desprenden resto de los reclusos en la sentina, los cuales, cuando han dejado de pensar mal de los que adivinan arriba se dedican a pensar mal de ti y tú de ellos, porque en la mierda solo hay rivales y no hermanos, que es lo que deberíamos ser todos los tarados que nos dedicamos a estas cosas.

Así que ahora que parece que clarea un poco, que parece que el camión de la basura ha dejado de vertir bazofia sobre mis ilusiones, que Más allá de la Noche poco a poco comienza a descollar, no quiero convertirme en uno de esos ejemplos del primer grupo, de esos que a poco que destacan se vuelven engreídos y vanidosos porque han pasado tanto tiempo en la mierda que se creen que las cosas buenas pasan solo gracias a él y las malas solo por culpa de los demás.

Por eso, ahora, ahora que hemos logrado nuestra 5ª selección oficial en un festival (el Andoenredando de Murcia), ahora que hemos conseguido poner la película en el centro de Madrid y que tenemos previstas un montón de proyecciones por toda España, ahora que hemos aparecido en diversos medios de comunicación, ahora que parece que la cosa por fin marcha, quiero acordarme de toda la gente que ha hecho posible que, poco a poco, vayamos saliendo del fango:

De mi familia y amigos que, en el fondo, siempre han creído en mí aunque ni yo mismo lo demostrara. De todo el equipo técnico que participó tanto en esta película como en todos mis cortometrajes anteriores. De todos los actores con los que he trabajado a lo largo de mi carrera y no solo de los de Más allá, también de esos cuyos trabajos no tuvieron ninguna repercusión por mi culpa y no porque no fueran buenos. De nuestros seguidores en las redes sociales que son, sin duda, los más fieles y leales. De todos los blogs y medios que se han interesado últimamente por la película. De todas las críticas y entrevistas que estamos recibiendo tanto de de gente que sin conocerme de nada como Pedro Ortega (FilmArte), Óscar Tur Asensio (El blog del cine español), Iván Ginés (Damn Fine Cinema), Óscar Quiroga (LGE cine) o  Xavier Vidal (Cachecine) o Ramón Morales (El blog de cine de Ramón) han sentido curiosidad por Más allá de la Noche. También de la gente a la que sí conocía como mi amigo Juan Gómez Bárcena (Culturamas), el cual, además siempre me ha tratado de enseñar a desenvolverme en el lodo con clase y elegancia, sin buscarle tres pies al gato, dedicándome solo a trabajar y trabajar, y que tiene mucha culpa de lo que pienso y expongo en este artículo. De los programadores de los festivales y salas alternativas que apuestan por la película.  Y, muy especialmente, de una persona decisiva en todo este proceso, mi amiga y compañera Raquel Polo que, además de tener las mejores bases de datos de festivales y medios de comunicación de Madrid, me enseñó con su corto, "Asesinos, ¿dígame?", que existía una manera de triunfar en el mundo del cine: ser constante, tenaz y dejarte la piel, que tan importante es tener un buen producto como dedicarle horas y horas a moverlo, y sin quien nada de esto sería posible.

¡Gracias a todos!

 
 
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Llevábamos algo más de una semana de rodaje y las  jornadas pasaban livianas, la película iba cobrando forma, se estaban cumpliendo los plazos previstos, el equipo estaba respondiendo. Al día siguiente teníamos que rodar una secuencia con una ambientación distinta, Juan Barcia -el director de fotografía- y yo charlábamos frente al ordenador mientras los planos se terminaban de descargar. Nos conocíamos desde hacía tan solo unas semanas pero por nuestra química, tanto en el set como fuera de él, cualquiera diría que éramos amigos de toda la vida.

Una vez todos los archivos se hubieron volcado y tras revisar algunas escenas, Juan, como de costumbre, introdujo la tarjeta de memoria en su flamante Canon 5D, adquirida ex profeso para la película justo antes de venirse a Madrid desde Galicia, para verificar que todo estaba bien. Porque -y aquí he de hacer un inciso- Juan, una de las personas más soñadoras que he conocido, decidió comprar la cámara tras ver uno de los anuncios que pusimos en la web buscando colaboradores para el proyecto sin conocerme a mí siquiera y sin decírmelo tampoco. Yo no sabía que no conocía la cámara en absoluto antes de contratarle, quizá, de haberlo sabido, no lo hubiera hecho, y me hubiera equivocado, porque el engaño le fue bien y realizó un gran trabajo tanto en iluminación como de operador de cámara y ahora, después de Más allá, está involucrado en un montón de proyectos en Pontevedra y alrededores y yo me siento muy orgulloso de haber sido un catalizador para poner en marcha su nueva vida. ¡Ánimo Juan!

Pero volvamos al caso, cuando introdujo la tarjeta de memoria en su flamante y recién estrenada Canon 5D ésta no reconocía tarjeta alguna en su interior. Probamos con la otra y tampoco lo hacía. Esperamos un rato, apagamos y encendimos, y tampoco lo hacía. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Qué demonios estaba pasando? ¡Teníamos que seguir rodando mañana! ¡Solo teníamos 3 semanas! ¡Estábamos rodando una película y se había roto la cámara! En definitiva, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y comencé a generar saliva, una saliva amarga, de esas que saben a fracaso y decepción.

Aplazamos la citación del día siguiente para ir al servicio técnico de Canon en Madrid, no quisimos decir nada a los actores ni al resto del equipo, nos excusamos en que teníamos que preparar más concienzudamente la iluminación del día siguiente y nos plantamos allí con la cámara a primera hora.

Una chica muy bella y simpática nos atendió y con toda la dulzura del mundo nos hizo saber que no podríamos recuperar la cámara hasta dentro de al menos 10 días, es decir, más de un tercio de la duración del rodaje planificado o, lo que es lo mismo, la gran catástrofe.

No teníamos presupuesto para alquilar otra cámara, los actores y los técnicos tenían compromisos después, nuevamente estaba a punto de decir adiós a mi sueño y ver cómo Más allá de la Noche naufragaba irremediablemente por un defecto de fábrica. Nuevamente algo azaroso y absurdo se interponía en mi camino y, por segunda vez, un inesperado, sorprendente y, ¿por qué no?, milagroso ardid del destino sucedió.

 
 
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La parte que peor llevo de hacer cine es la distribución, me produce una profunda sensación de pesantez y aburrimiento. El mantenimiento de las redes sociales, la página web, el envío a los festivales, los contactos, el e-mail… Cuando uno piensa en dedicarse al cine no piensa en tablas de excel, tediosos formularios, archivos srt o número de seguidores en Twitter. Cuando uno piensa en dedicarse al cine piensa en ideas brillantes, tramas interesantes, actores reconocidos, imágenes bellas y alfombras rojas.

Supongo que para algunos el cine será solamente lo segundo, lo que todos pensamos y anhelamos. Una divertida y lucrativa profesión en la que su objeto es dar forma a tu propia capacidad de expresarse delante y/o detrás de una cámara. Otros, sin embargo, cada año que comienza tenemos que proponernos que nuestro trabajo simplemente sea visto, llegue al público y complete su sentido, pues una película carece del mismo si nadie la ve.

Así que cada año es lo mismo, conseguir tiempo para “mover la película”, escribir a blogs de cine, buscar festivales sin tasas (o ahorrar para pagarlas), tratar de contactar con gente del mundillo que pueda echarnos una mano, encontrar una distribuidora de verdad, hablar con asociaciones culturales en las que se pueda exhibir la película, ofrecer contenidos online, mejorar el posicionamiento SEO… En definitiva, nada que ver con el cine tal y como se entiende habitualmente. Mucho más parecido, eso sí, a mi trabajo diario de oficina -el cual consume la mayor parte de mi tiempo-.

La paradoja podría resumirse del siguiente modo: si me paso el día trabajando en una oficina y cuando llego a casa tengo que hacer más trabajo de oficina para mover la película, ¿cuándo voy a escribir otra? Ahora bien, si no muevo esta, ¿cómo voy a hacer otra?

Supongo que en algún punto del camino hay que dejar de pensar el cine únicamente como una vocación, e incluso como una mera vía de escape, para pasar a considerarlo al mismo tiempo como una profesión. A no ser que no queramos dedicarnos a esto más que como un hobby, sin expectativas, o con unas expectativas remotas. O de que no nos veamos en la necesidad de ayuda para financiar el proyecto en cuestión.

En cualquier caso, mi propósito para este 2015, como cada año, es ser mucho más profesional en lo que respecta a la película y al cine en general, trabajar duro para conseguir que la mayor cantidad de espectadores posibles tengan acceso a ella, ya sea para criticarla o para aplaudirla.

¿Me ayudáis a hacerlo? Si conocéis a alguien relacionado con el mundillo o sabéis de algún lugar en el que pensáis que pueda proyectarse, ya sea un bar, una asociación cultural o una reunión con bastantes amigos, ¡no dudéis en poneros en contacto con nosotros!

 
 
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Al principio de iniciar esta andadura, cuando aún me encontraba en fase de preproducción, escribí un artículo sobre los malos y peculiares modos con los que recibió El Deseo el manuscrito de mi guión en el que criticaba a la industria audiovisual española en general, no solo a El Deseo, dado a que en su modelo, anquilosado y deficitario, la figura del lector de guiones, es más, diría incluso que la figura misma del propio guionista, apenas tiene cabida.

En ese momento me sentí maltratado por la industria, objetivamente maltratado. ¿Solo por  no ser nadie en el mundo del cine nadie tiene que preocuparse por lo que hago? ¿No tengo derecho simplemente como persona a que alguien dé una oportunidad a lo que he tardado un año en escribir? ¿Piensan las productoras nacionales que ningún joven tiene talento? ¿Se podría solucionar todo simplemente con educación y sentido común?

El otro día me volví a sentir igual cuando estaba ojeando las plataformas en internet de envío de la película a festivales al comprobar que la mayoría tenían tasas y que, dado el pobre salario que me reporta el contrato de formación (¿¡por dos años!?) que me liga a la empresa en la que trabajo -que, por supuesto, no tiene nada que ver con el cine-, no podía realmente costearme la distribución de la película como yo quisiera.

Aun prescindiendo de una distribuidora “profesional” -el menor presupuesto de distribución que me han ofertado prácticamente dobla el costo de la película- resulta terriblemente complicado afrontar los gastos de inscripción de los diferentes certámenes. De los cerca de quince festivales para largometrajes que consulté con deadline el 31 de Noviembre apenas dos permiten la inscripción gratuita de la película -y uno era de deportes…-, en los demás las tasas van de los 30 euros para arriba. Hagan cuentas.

Entiendo que tienen que financiarse y que tanto visionar las películas como seleccionar a los participantes requiere de un gran esfuerzo por parte de un nutrido grupo de profesionales, pero eso no hace que deje cabrearme el hecho de que el cine sea tan jodidamente caro en general y de que, probablemente, el dinero de esas tasas no repercutirá en la plantilla base de cada uno tanto como sería deseable.  

Hay veces en las que el derecho al pataleo, la resignación y la confianza desesperada en el karma son lo único que me motiva para seguir en el cine. Y los milagros, porque, pese a todo, ya llevamos dos.

 
 
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Dedicarse a cualquier tipo de actividad relacionada con el mundo de la creación artística, salvo contadas excepciones, implica un nivel de sacrificio y hasta diría de pertinacia que probablemente no se dé en ningún otro ámbito de las actividades humanas, exceptuando quizá al amor más loco y apasionado que pueda imaginarse.

 Normalmente esperan de nosotros como personas que “sirvamos para algo”, que seamos “productivos”, que utilicemos nuestra vida para producir cosas “útiles” que sirvan a los demás para satisfacer sus necesidades. Al menos así es como piensa la mayor parte de la gente, al menos de la gente que yo conozco que no está  directamente ligada al mundo de la cultura y el arte.

Tendemos a pensar según una escala de valores (heredera de una serie de conceptos del trabajo y la virtud en los que no voy a entrar en este post) que nos enseña que nuestra misión en la vida es ser “útiles”. Esto es: ser las piezas que engranan esa descomunal maquinaria social en la que vivimos y en la que tenemos que estar organizados para generar cada vez mayor abundancia; siendo la única manera de organizar las piezas organizar nuestras ideas.

Nuestros padres, nuestros amigos, algunas de nuestras parejas e incluso la televisión, la iglesia y las pop-ups nos incitan a abandonar nuestras pretensiones de dedicarnos a algo tan inútil como el cine -en mi caso- porque no produce inmediatamente ningún tipo de beneficio, es decir, ningún tipo de satisfacción a una necesidad colectiva concreta.  

¿Por qué crees que tu opinión es útil? ¡Si haces cine, al menos, que sea una comedia entretenida! Nadie quiere pensar cuando va al cine, el objetivo es divertirse, divertirse es útil. ¿Pensar? ¿Cuándo ha sido útil pensar?

¿Se puede realmente pensar y ser útil? La respuesta o las respuestas desde luego no son sencillas, pero lo que resulta obvio es que el cine, máxime si se trata de una obra personal,  no genera inmediatamente una mayor abundancia, sobre todo si consideramos abundancia en su sentido habitual de sinónimo de dinero.

Las historias sobre grandes artistas arruinados en su juventud, muertos prematuramente en condiciones desgraciadas y de algunos de esos anónimos hombros de gigantes que han mantenido encendida la llama de la cultura pese a haber ardido en ella son numerosas y conocidas por todo el mundo. Sin embargo, no se conoce ninguna familia burguesa todavía que haya elegido que sus hijos sean actores o músicos en lugar de abogados o arquitectos; nunca nadie diría que los libros de medicina son inútiles comparados con los libros de magia.

El arte, a diferencia de la mayor parte de las cosas de la existencia, no quiere servir para nada. El arte, tal y como yo lo veo, solo sirve para sí mismo, es decir, para ser lo mejor posible comparado únicamente con un ideal, con un imposible.
   
A diferencia de la política, el arte permite al hombre construir verdaderamente un mundo, un mundo en que las necesidades cotidianas se pliegan ante una idea, ante un sentido, ante una mirada determinada sobre la realidad. Una idea, un sentido y una mirada que a priori no tiene por qué interesar a nadie pero que el artista -si lo es realmente- siente la irremisible necesidad de mostrar, muchas veces poniendo por delante este ideal sobre la satisfacción de las necesidades inmediatas, tales como trabajar para alimentarse y cambiar de iphone. Y, por supuesto, poniéndolo por encima de la opinión de la mayoría, que no entiende que alguien pueda padecer la extremada locura de querer representar algo que no existe más que en su imaginación.

El artista necesita comer pero, a diferencia también del común de los mortales, un ansia más elevada guía sus actos: su necesidad de mostrar algo que está más allá de los límites de lo evidente y de tratar de encontrar, indagando en ellos, algo que sea todavía más real y también más necesario, algo que, de algún modo oscuro y misterioso, explique los motivos por los cuales ese mundo que imagina no concuerda con este mundo aparente en el que nos movemos a diario.

En definitiva, el arte solo sirve para crear nuevos mundos que, quizá, ¿quién sabe?, inspiren uno nuevo... Y eso, ¿a quién le interesa?