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“Más allá de la noche” ha supuesto para este joven madrileño cumplir un sueño que empezó a gestarse desde que tuvo uso de razón: ser director de cine. Bien sabe lo que es sacar adelante un proyecto por sí mismo, sin el respaldo de una productora, con las subvenciones ya desaparecidas y la Ley de Mecenazgo aún sin aprobar, y luchar contra molinos de viento, sin ningún tipo de certeza sobre cuál serán los resultados y con tan solo cuatro mil euros en el bolsillo, sus únicos ahorros.

Cuando tienes un proyecto y sabes que no vas a contar con el apoyo de las instituciones, ni de un régimen especial a nivel fiscal que favorezca la cultura, sabes que te vas a encontrar con la incomprensión de la mayoría de la gente, pues es un tiempo que tienes que dedicarte al 100% a la película, como he hecho los dos últimos años de mi vida.

El punto débil de Más allá de la noche es, sobre todo, los medios técnicos: hicimos la película con 4000 euros, y una película media española ronda el millón y medio de euros; y eran 4000 euros para todos los costes. Las personas que no conocen el mundo audiovisual pueden pensar que una película se hace fácil, pero necesitas actores, un equipo técnico humano y material, localizaciones...  Tuvimos que limitar todo al máximo.

Al final he hecho una película con muy poco dinero y mucha ilusión, con un resultado mejor o peor... pero en general me conforta que las opiniones que me han llegado han sido positivas: les entretiene, les gusta e incluso a veces se identifican con los personajes, que para mí es fundamental
”.

Sin embargo, aún en la soledad del que emprende (sobre todo a día de hoy en este país, pudiendo decir que se extiende a cualquier ámbito), en el sector audiovisual hay muchas personas que abogan por sacar adelante proyectos independientes, ya sean cortos o largos, como forma de generar cultura. Y Rafael está muy agradecido de haber podido contar con un equipo que, aunque reducido, ha sido un gran apoyo para él en esta travesía larga, difícil y también algo dolorosa, a nivel profesional y personal, como él mismo reconoce con cara de seriedad, mientras lía un cigarrillo con destreza.

Conocí a todo el equipo, salvo a Andrea y Alejandro, por Internet en un mes, que era lo que tenía para empezar el rodaje. Sólo tenía una localización y unas fechas de rodaje, así que comencé los cásting para el equipo técnico y artístico. Creo que la gente implicada en el proyecto pudo captar una gran ilusión tanto por mi parte como por parte de mi equipo: Juan, mi director de fotografía, que es un visionario que vino desde Galicia con su Canon para rodar una película sin conocerme de nada; Javier y Álvaro, del equipo de sonido; Alejandro, mi ayudante de dirección y script; Oscar, buen amigo que hizo la banda sonora; y Andrea, mi pareja en ese momento, que se ocupó del catering, la dirección artística.

Éramos un equipo reducido de rodaje pero con personas maravillosas, y fue fácil crear un ambiente familiar con el objetivo común de sacar adelante el proyecto
”.

El mundo del cortometraje, que sigue luchando por salir adelante, es una fuente inagotable de directores y realizadores con gran talento, y es de donde proviene Rafael. Pero no todos ellos toman la trascendente decisión de dar un paso más y enfrentarse al formato largo, puesto que los obstáculos son muchos y, como ya hemos comentado, las expectativas muy poco halagüeñas.  

Hacer una película planteada en tres semanas de rodaje, supuso para mí un avance cinematográfico grandísimo, pues lo máximo que había rodado era tres días seguidos. Ni siquiera te imaginas antes de empezar todo lo que te puede enseñar: con la experiencia, cosas que antes te resultaban difíciles, te resultan fáciles; y cosas que te resultaban fáciles, te empiezan a parecer más complicadas e interesantes.

El trabajo es lo que al final, en esta profesión, te lleva a ser bueno. Yo no aspiro a que mi primera película sea una obra maestra, desde luego, pero poco a poco y trabajando mucho, que sí sea un gran avance
”.

 
 
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Con la llegada de la revolución digital, el acceso a las herramientas creativas audiovisuales sufrió una verdadera transformación: cada vez los costes para dar a luz a un proyecto eran más asequibles en teoría, y puntualizamos en teoría por el hecho de que las grandes superproducciones han alcanzado cotas insospechadas en otros tiempos (un presupuesto de cien millones de dólares es algo que pocos, casi ninguno, imaginaban cuando empezaban los éxitos comerciales de los ’70). Pero con un pero, como todo en esta vida, y es que el cine seguía siendo tan caro que a fecha de hoy, ha dejado de “fabricarse”. Sí, señores y señoras, si ustedes no se habían dado por enterados, se lo anunciamos: el CINE ha muerto. Lo que se conoce como cine, si somos puristas, son aquellas grabaciones realizadas en celuloide, con los consiguientes procesos químicos; y esto ha dejado de realizarse en los laboratorios. Y así, muchos profesionales del sector, han contemplado este avance del bit, la apertura de puertas a un ratio laboral más amplio, y el nacimiento del “low-cost”, como intrusismo peligroso en sus trabajos, como reflejaba un artículo de opinión que se podía leer hace unos meses en un blog del periódico El País.

El fenómeno Low-cost, algo que ha ido de la mano de este avance, ha posibilitado la creación de obras que de otra manera, nunca hubieran podido ver la luz. ¿Y realmente es esto un agravio para la profesión? ¿La expansión, en todas sus formas, de la cultura puede suponer un declive para el sector? Este debate es largo y extenso, con muchos matices, pero hay una realidad, y es que pese a quien le pese, los grandes presupuestos no garantizan calidad ni éxito, al igual que los presupuestos ajustados han dado pequeñas joyas muy de agradecer por los espectadores, que aunque en menor número, han podido deleitarse en los circuitos minoritarios.

De sueños y dinero escaso entiende Rafael Hernández de Dios. Con muchas ganas de contar historias y muchos papeles garabateados, este director y guionista decidió enfrentarse a su mayor proyecto hasta la fecha: parir su ópera prima, “Más allá de la Noche”, con un reparto de actores reducido y una sola localización. Un auténtico reto y una locura, como pensaría mucha gente en estos tiempos de declive en todos los aspectos, que se ceban con las nuevas generaciones, con una visión de futuro oscura cuanto menos y con un sentimiento de desorientación y pérdida cada día más creciente.

“No creo que mi película trate de una generación perdida, sino de una generación olvidada. La de los jóvenes de entre veinte y treinta y pico años que hemos terminado nuestros estudios superiores y que nos vemos en una situación en la que muchas veces no hay salida, en la que no hay futuro ni ilusión, y en la que a nivel político y económico estamos sufriendo una serie de cambios que nadie esperaba. En cualquier caso, no se trata de una especie de documental sino que intenta de ser más bien un fresco en el que se representan diversos tipos de personas que habitan la sociedad actual”.

Rafael pertenece a esa generación olvidada que ha querido retratar: aún en la veintena, acaba de licenciarse también en Filosofía, y es lógico pensar que pudo partir de su propia experiencia para contar la historia de este grupo de amigos en una pequeña casa, entre alcohol y drogas, una noche en el barrio de Malasaña, conocido sobre todo por ser núcleo de la famosa movida madrileña. Aún a día de hoy, es punto de encuentro de diversas culturas y sitio predilecto para pequeños emprendedores creativos, con sus tiendas en un entorno de calles y plazas con mucha vida.

“Más que autobiográfico, tiene contenido biográfico. Los personajes tienen rasgos o características de personas y ambientes que he conocido bien.  Cuando escribo trato de hacerlo acerca de cosas que conozco y sin partir de ninguna idea preconcebida. Mi objetivo es hacerlo de tal manera que cualquier espectador pueda pasar ochenta minutos entretenidos. Porque para mí el cine tiene que servir principalmente para que la gente se entretenga, lo que no es óbice para que luego puedan pensar sobre ello ”.

 
 
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A menudo se escuchaba en la calle hablar mal del cine español, tenía mala fama. Se le acusaba de nutrirse de subvenciones y de no aportar más que sectarismo al debate público. Se le acusaba de servir fielmente al poder establecido, incluso se motejaba a sus cabezas visibles con expresiones tales como “titiriteros”.

No negaré que, en ciertos casos, se le inculpaba con parte de razón. Frente a grandes maestros de la talla de Bardem o Berlanga, la industria cinematográfica española se movía fundamentalmente por los intereses ideológicos y sin más criterio que el amiguismo y la sinecura. Para el régimen fascista no podía tener más objeto que la evasión de un público amordazado y silenciado. Para los diferentes partidos políticos, ora había que hacer cine comercial, ora había que hacer cine de autor; ora había que darle al primo del subsecretario, mañana al sobrino del concejal.

Tanto para el nacional-catolicismo como para el régimen que surgió tras la transición, el cine siempre fue una industria relacionada con las estrategias del Estado, no con el Estado en sí; un Estado transparente, verdaderamente democrático, participativo y dimensionado correctamente; sino con las diferentes tácticas partidistas y las corruptelas varias que salpican nuestra historia reciente.

El público, esa gente que no solo hablaba mal del cine español sino que ni siquiera acudía a las salas, suponía que el hecho de aceptar dinero de todos para realizar películas condicionaba la naturaleza de las películas que se hacían. Todo el mundo creía que para obtener una subvención era más importante ser allegado al ministro de turno que demostrar auténtico talento.

Por suerte, la situación está cambiando. El público ya no desconfía del cine español ni deja de acudir a las salas, ya no hay cine español que ver. Los recortes que afectan directamente a la industria cultural han provocado que la producción de películas durante este año se haya reducido drásticamente, la subida del IVA hace impagable una entrada que puedes descargarte por internet, así que ya nadie puede quejarse de que tal o cual película ofende su ánimo liberal.

El gobierno de Rajoy ha cerrado “el grifo de las subvenciones”, como buena parte del público le pedía, ha desterrado a los “titiriteros” de la ciudad. Y lo ha hecho para siempre.

Cierto es que una política de subvenciones mal gestionada, tan mal gestionada como la situación financiera, la administración territorial o la educación, es una lacra para la industria cinematográfica, pero no es menos cierto que no se puede desincentivar la producción radicalmente y clausurar un modelo de “negocio” que se ha mantenido vigente durante los últimos 60 años sin proponer ninguna alternativa. O sí. ¿Qué fue de la ley de mecenazgo?