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Quizá las dos únicas cosas que son absolutamente indispensables para hacer una película sean el guión y la cámara. Puedes ponerte a grabar algo por azar pero las imágenes que captures no tendrán sentido hasta que no haya un guión detrás, es decir, no formarán parte de una historia que permita engarzarlas de un modo coherente. Puede estar antes o después, escrito o solo pensado, de una línea o de 200 folios, pero tiene que existir. No estoy de acuerdo, sin embargo, con aquellos que consideran que solo existe una única forma de escribir guiones. Del mismo modo en que no existe un solo tipo de cámara tampoco existe un único modelo de guión. En el cine, como en cualquier otra disciplina artística, no existen normas y, en caso de que alguien trate de imponerlas, solo tienen sentido como objeto de transgresión (no por manida esta sentencia resulta menos cierta).

El guión surge de una idea, es así, no existe otro modo, existen diferentes técnicas y rudimentos pero lo esencial es la aparición de una idea fuerza. La habilidad para desarrollarla es una extraña combinación de oficio, talento y perseverancia, no obstante de la idea en sí desconocemos prácticamente todo. Según Platón, su adquisición consiste meramente recordar. A mí, pese a lo rocambolesca que pueda parecer a priori, me parece la explicación más convincente de su origen. De pronto, poseídos por Mnemósine, vemos algo y pensamos que eso tiene que ver con otra cosa que ya hemos visto, vemos otra que se parece y después vemos que esas dos cosas juntas forman parte de una misma y pequeña historia, llenamos esa historia de personajes que se parecen a personas que nos recuerdan a ellas o viceversa; esos personajes, a su vez, comportan más ideas y más historias y así sucesivamente. Cuando te quieres dar cuenta las impresiones verdaderas, las de tu entorno más inmediato, empalidecen frente a ese mundo ficticio que brota en tu interior y caes de bruces en el ingrato y pesaroso proceso de la escritura. Inicias un camino que no sabes muy bien adónde te va a llevar pero que no puedes dejar de seguir, los diferentes personajes que han sido engrendrados cobran vida propia y empiezan a acometer sus acciones por sí mismos, sin consulta previa. Van adquiriendo anhelos, complejos, relaciones y frustraciones y tú no tienes más que anotar lo que te susurran al oído en las noches de insomnio tratando de encauzarlos en un relato más o menos cohesionado. 

No obstante, me es imposible determinar exactamente cuál es el primer recuerdo, o la primera idea, de esta historia. Probablemente nació sin que me diera cuenta durante un botellón, bajo el calor del licor barato en algún acostumbrado cuchitril de mala muerte. Quizá la embriaguez me hizo soñar esta historia mucho antes de ser escrita. Las personas que había a mi alrededor se convirtieron de súbito en Arturo, Leo, Clara, Juan y Bea y yo leí en aquellas visiones la escaleta mucho antes de que me pusiera frente a la pantalla en blanco. Quizá fue aquella noche en la que dormí en la calle cual mendigo o esa otra en la que creí tener la capacidad de ordenar el mundo en base a la sucesión de Fibonacci. En cierto modo, todos los personajes son una especie de emanación de mí y de las experiencias que he vivido y, al mismo tiempo, me son por completos ajenos.

 


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