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A menudo se escuchaba en la calle hablar mal del cine español, tenía mala fama. Se le acusaba de nutrirse de subvenciones y de no aportar más que sectarismo al debate público. Se le acusaba de servir fielmente al poder establecido, incluso se motejaba a sus cabezas visibles con expresiones tales como “titiriteros”.

No negaré que, en ciertos casos, se le inculpaba con parte de razón. Frente a grandes maestros de la talla de Bardem o Berlanga, la industria cinematográfica española se movía fundamentalmente por los intereses ideológicos y sin más criterio que el amiguismo y la sinecura. Para el régimen fascista no podía tener más objeto que la evasión de un público amordazado y silenciado. Para los diferentes partidos políticos, ora había que hacer cine comercial, ora había que hacer cine de autor; ora había que darle al primo del subsecretario, mañana al sobrino del concejal.

Tanto para el nacional-catolicismo como para el régimen que surgió tras la transición, el cine siempre fue una industria relacionada con las estrategias del Estado, no con el Estado en sí; un Estado transparente, verdaderamente democrático, participativo y dimensionado correctamente; sino con las diferentes tácticas partidistas y las corruptelas varias que salpican nuestra historia reciente.

El público, esa gente que no solo hablaba mal del cine español sino que ni siquiera acudía a las salas, suponía que el hecho de aceptar dinero de todos para realizar películas condicionaba la naturaleza de las películas que se hacían. Todo el mundo creía que para obtener una subvención era más importante ser allegado al ministro de turno que demostrar auténtico talento.

Por suerte, la situación está cambiando. El público ya no desconfía del cine español ni deja de acudir a las salas, ya no hay cine español que ver. Los recortes que afectan directamente a la industria cultural han provocado que la producción de películas durante este año se haya reducido drásticamente, la subida del IVA hace impagable una entrada que puedes descargarte por internet, así que ya nadie puede quejarse de que tal o cual película ofende su ánimo liberal.

El gobierno de Rajoy ha cerrado “el grifo de las subvenciones”, como buena parte del público le pedía, ha desterrado a los “titiriteros” de la ciudad. Y lo ha hecho para siempre.

Cierto es que una política de subvenciones mal gestionada, tan mal gestionada como la situación financiera, la administración territorial o la educación, es una lacra para la industria cinematográfica, pero no es menos cierto que no se puede desincentivar la producción radicalmente y clausurar un modelo de “negocio” que se ha mantenido vigente durante los últimos 60 años sin proponer ninguna alternativa. O sí. ¿Qué fue de la ley de mecenazgo?

 


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