Mi experiencia con “El deseo”

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Como todo el mundo sabe, “El Deseo” es una productora cinematográfica española propiedad de Pedro Almodóvar. Se trata de una productora centrada fundamentalmente en la figura de su fundador, uno de los autores de referencia del cine español, si bien en los últimos años han colaborado en diferentes proyectos.

Mi opinión sobre Almodóvar es buena en líneas generales. No obstante, frente a aquellos que consideran que tanto la persona como la obra está sobrevalorada y aprovechan cualquier ocasión para levantarse en armas contra él y también frente a aquellos otros que aplauden cada una de sus películas como si fueran una reinvención del séptimo arte, yo trato de evaluar su filmografía de un modo lo más aséptico posible. Olvidando que se trata de un personaje popular, intentando centrar mi juicio sobre lo visto.

Creo que nadie puede discutirle al “genio manchego” su capacidad para impregnar las historias de su ineluctable mirada personal. Estamos ante un director que en su capacidad para transitar por los géneros está al nivel de autores que en España consideramos unánimemente consagrados como David Lynch, Quentin Tarantino o los hermanos Cohen. En las películas de Almodóvar muchas veces se mezcla el trhiller, la comedia sexual, el costumbrismo o la crítica social, saltando de un género al otro con total naturalidad y concordancia sin renunciar jamás a su particular toque.

Por otro lado, es un director que renovó los anquilosados moldes del cine patrio en la transición. En una época en la que España vivía a caballo entre dos tiempos, entre el franquismo y el presente, Almodóvar fue una de los primeros artistas de la nueva vanguardia de los 80. Junto con autores como los malogrados Iván Zulueta y Ricardo Franco, y con otros quizá no tan transgresores como Fernando Trueba o Manuel Iborra.

Mi admiración personal es si cabe mayor teniendo en cuenta que su primera película, la la ya clásica Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, fue realizada de un modo absolutamente underground con un presupuesto de apenas 500.000 pesetas, sin ninguna clase de ayuda pública, siquiera con la distribución asegurada.

Rodada en la casa de Olvido Gara (Alaska) durante casi dos años la película se convertiría después en uno de los iconos de la Movida Madrileña y de la historia del cine. Los personajes hasta entonces insólitos, los momentos surrealistas y su estética punk generaron una gran controversia. Tal como ocurre ahora, ya en los 80, Almodóvar consiguió dividir a la opinión pública entre amantes apasionados y rabiosos detractores.

Dadas estas circunstancias pensaba que las posibilidades de que al menos alguien allí, en el número 24 de la calle Francisco Navacerrada de Madrid, leyera el dossier de la película serían más elevadas que en otras productoras, después de todo -pensaba yo-, él también se encontró con las puertas cerradas de la industria en su ópera prima. Sin embargo, esto no sería así.

Mi primer contacto se produce a mediados de Octubre a través de una llamada telefónica en la que solicito información acerca de cómo enviar el dossier a la productora. Una joven me atiende al teléfono y me comunica que “en este momento no tienen abierto el plazo de lectura de guiones”, que quizá lo hagan dentro de un par de meses. Es decir, en Diciembre.

Pese a que me sorprende esta actitud -¿por qué no recibir guiones, almacenarlos y analizarlos cuando toque en lugar de impedir que lleguen? ¿Acaso no tienen espacio en la productora? ¿Ni en el correo electrónico?-, le doy credibilidad.

Durante el resto del mes y el siguiente me dedico a patear las anchurosas calles de la capital distribuyendo el dossier por otras productoras con la esperanza de que alguna contacte conmigo. Una vez llegado Diciembre vuelvo a llamar y, para mi sopresa, me dicen que hasta Febrero no se abre el periodo de lectura de guiones. Replico a la joven que debe haber un error porque en Octubre me dijeron que en Diciembre comenzaría ese periodo. Ella no me responde, me dice con voz de contestador automático que es en Febrero y que “desconoce lo que me pudieran haber comunicado desde la productora con anterioridad”. Así las cosas pienso que lo mejor es pasarme por allí, informarme personalmente y, de paso, tratar de colar el dossier, aunque sea olvidado allí como por descuido.

Me levanto pronto, me ducho, me visto, consulto en google maps su locación exacta, a escasos 400 metros de la Plaza de Toros de las Ventas – un lugar idóneo para ser toreado – pienso para mí. Dudo si ponerme la el abrigo o no pues aunque es Diciembre la temperatura madrileña tiene un aire primaveral. Cojo el autobús y después el metro, tengo que hacer tres transbordos para llegar hasta allí. Durante el viaje leo algunos cantos del libro primero de la Divina Commedia de Dante, Inferno, si bien no puedo evitar que la mente se desplace hacia mi destino y comience a anticipar frases ingeniosas de introducción para seducir a la joven recepcionista e incluso vislumbro en mi imaginación un fortuito encuentro con Pedro o con Agustín, que de tanto pensar en ellos y oírlos mentar en la prensa son casi como de la familia.

Finalmente llego hasta la Plaza, imponente se alza ante mí, como ese “lugar llamado Malasbolsas en el infierno, pétreo y ferrugiento, igual que el muro que le ciñe entorno”. Gracias a mi proverbial sentido de la orientación y aún pese a haber consultado el recorrido en google maps me pierdo por las calles aledañas del soleado barrio de Ventas -¿por qué me habré traído la chaqueta si en esta maldita ciudad nunca hace frío?-. Tiendas de chinos, bares adornados con carteles de toros, edificios de pisos bajos y callejuelas empinadas. Después de caminar en círculo durante un cuarto de hora y formarme una opinión acerca del lugar, nada lujoso y, sin embargo, acomodado, me sitúo frente al bajo en el que se ubica “El Deseo”.

Se trata de un local comercial de aspecto más bien sombrío, con la fachada de marquina y cristales translúcidos que apenas dejan otear el interior, más allá de un cartel tamaño natural de La piel que habito. Me sitúo durante unos instantes frente al portal buscando la manera de entrar. No veo el timbre por ningún lado, solo un gran buzón negro a juego con el mármol. Avanzo hasta allí y se abre uno de los paneles de cristal.

Por fin pongo rostro a la recepcionista, se trata de una mujer de mediana edad, delgada y con gafas de pasta azules a juego con las rayas de la camisa. En ese momento está hablando por teléfono, me hace un ademán de alto con la mano. Espero a que termine la conversación.

- ¿Qué desea señor?

- Buenos días, soy Hernán Diodís – le tiendo mi mano disimuladamente. No responde. Sería deseable que la gente, cuando le tiendes la mano y te presentas, correspondiera. Se trata de educación.

- ¿Tiene usted cita? – inquiere ceñuda.

- No, venía a entregar un dossier.

Modo contestador automático on: – Lo siento señor, pero en este momento no tenemos abierto el plazo de lectura de guiones.

- Bueno, ¿pero no lo puedo dejar aquí al menos?

- Lo siento señor, pero en este momento no tenemos abierto el plazo de lectura de guiones, puede consultarlo en la web, probablemente sea a partir de Febrero – responde de nuevo maquinalmente. Como poseída por el espíritu de un surtidor de gasolina.

Salgo de allí devastado, entiendo que las productoras tienen muchos compromisos que atender, pero, ¿es preciso mentir? Primero me dicen que es en Diciembre y ahora que quizá sea en Febrero. No desisto, voy a uno de esos bares adornados con carteles de toros a tomar una cerveza para hacer tiempo antes de tratar de meter el dossier en el buzón y que sea lo que Dios quiera. En corro, unos hombres tomando el aperitivo conversan acerca de la crisis. Crisis. Crisis. Crisis. Crisis en los toros, crisis en la banca, crisis en la política… Por unos momentos, escuchando a hurtadillas la conversación, me convenzo de que si el camarero ocupara la presidencia del gobierno no habría paro.

Me dirijo al portal y, casualmente, el cartero está haciendo la ronda en el bloque de pisos contiguo. Pienso que debería esperarme. Me sitúo frente a la fachada y veo salir a un hombre de la productora. Se trata de un treintañero con aspecto intelectual, lleva la barba rala y calza unas peculiares botas de piel. Sin saber por qué y porque no tenía ninguna otra cosa que hacer comienzo a seguirle a cierta distancia. Mientras le sigo pienso que podría abordarle y entregarle el dossier. Veo que se para frente a un utilitario rojo del que sale una mujer con un niño. Pienso que podría dejar el dossier en el parabrisas como si fuera propaganda de un restaurante económico o de una agencia de rating. Después de saludarse efusivamente se dirigen todos juntos hasta un parque cercano. Me quedo un rato mirando el coche pero no me decido a dejarlo allí. Continúo siguiéndoles por inercia. Pienso en qué bien se debe sentir uno trabajando en una productora y que te venga a buscar tu mujer al trabajo para dar un paseo por el parque. Se debe sentir tan bien que uno no tiene tiempo para leer dossieres. No sé cómo los pierdo y regreso a la productora que ya ha cerrado y por la que no merodea ningún inoportuno cartero. Dejo el dossier en el buzón negro como el mármol de marquina.

Al de unos días, en la víspera de Nochebuena, recibo un regalo del cielo. Una carta remitida por “El Deseo”. La abro y veo que está mi dossier con una nota adjunta que clama con voz de loquendo: “Sentimos comunicarle que en este momento no tenemos abierto el plazo de lectura de guiones”. Huelga decir que llamé en Febrero y que “sintieron comunicarme que en este momento… “, que llamé en Marzo y que… “no tenían abierto el plazo de lectura de guiones”.

One Response to Mi experiencia con “El deseo”

  1. slatemaster dice:

    La verdad es que es vergonzoso lo que os pasó. Me alegro mucho de que hayáis podido hacer la película.

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