El Puente (Parte I)

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El Puente no fue un corto sencillo, aquella idea me rondaba por la cabeza desde hacía muchos años. Desde que vi una película llamada “Smoke” de Ang Lee y Paul Auster, basada en un guión de este último.

Auggie Wren (Harvey Keitel) es un modesto estanquero de un barrio de Nueva York que tiene una extraña afición: realizar a diario una fotografía idéntica de la casa de enfrente. Vive en el mismo barrio que Paul Benjamin (William Hurt), un escritor en horas bajas que, al descubrir la historia de Auggi, piensa que puede ser el detonante de su nueva novela. Estos dos personajes, junto a otros, vertebran una trama coral que transcurre durante el verano de 1987 en un barrio de Brooklyn.

Aquella historia, la de un hombre que realiza una fotografía diaria y sistemática de un lugar concreto, al igual que a Paul, me impactó profundamente. Como él, escritor en horas bajas, pensé que podría ser un argumento que merecía la pena desarrollar. No sabía si sería un corto, un largo, una novela o si se quedaría en una mera nota en mi superpoblado bloc.

Los motivos por los cuales aquella historia me impactó son variados y hasta cierto punto, como ocurre siempre, indescifrables. De un lado supongo que está su incuestionable valor como metáfora; cada vez que hacemos una fotografía aspiramos secretamente a parar el tiempo, pretendemos la eternidad de ese instante, en cierto modo es como si le robáramos al presente su carácter mutable e imprevisto. Tenemos la esperanza de recobrar esa sensación cada vez que pasaemos nuestros ojos por aquella mirada, sin embargo, esto no ocurre jamás. Puede que la fotografía conserve el mismo aspecto pero, al cambiar nosotros, cambia nuestra visión sobre los hechos y, con ella, la propia esencia de la estampa que recrea.

Esto se puede ilustrar claramente con un ejemplo: Imaginemos a un señor de ochenta años y una hipotética fotografía de su bella esposa en la adolescencia, cuando ambos se conocieron. Es verdad que la imagen se ha mantenido idéntica a sí misma a lo largo del tiempo, conservando en sí aquellos ojos y aquel fondo primaveral que lo enamoraron, sin embargo -convendrán conmigo- no es lo mismo observar aquella imagen colgada al día siguiente en Facebook que años después, con el rostro surcado de arrugas y ante el sillón vacío  en el que solía mirar la televisión antes de fallecer. Lo que en la juventud fue una alegre fascinación llena de futuro se ha tornado ahora en terrible nostalgia por su pérdida.

Bajo mi punto de vista, la historia que presenta Paul Auster es la historia de un hombre que mide el paso del tiempo y las variaciones en la percepción de una misma cosa que lo acompañan. Auggie se entrega a esta labor rutinaria e íntima; fotografiar el mismo espacio un día tras otro, pero, probablemente, lo que de verdad hubiera deseado es que ese instante en el que realizó la primera fotografía no desapareciera jamás.

Se trata de un desafío en toda regla a la memoria, de una contradicción e incluso de una tortura. ¿Existe algo más penoso que observar como las cosas que amas van deteriorándose paulatinamente hasta perder su sentido original, como esas sensaciones que tuviste antaño jamás te serán devueltas por el incorruptible paso del tiempo? ¿Qué ocurre cuando un momento ha marcado tu vida decisivamente y deseas con toda tu alma regresar a él? Estas son algunas de las preguntas que pensaba que la historia tendría que responder y por eso inventé a Ramón y a Diana.

Continuará… 

 

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